Estoy recostado. Trato de dormir en un mal colchón. Un mal colchón es ese que no está acostumbrado a ti ni tú a él, porque nunca lo ha hecho o porque nunca lo hará. También es un mal colchón ese que ha sido de otros y guarda sus secretos. Secretos en forma de huecos, dónde cada uno acostumbraba dormir. Si esos secretos no son como los tuyos no puedes dormir. Por lo menos, no sin una larga lucha, vuelta para acá, vuelta para allá, y vuelta a empezar. Mi almohada en este momento no es mejor. Sin forma, sin fuerza, débil, no sostiene mi cabeza. Su relleno se mueve al más mínimo capricho. No me gusta, me deja ser demasiado libre. Una almohada debe de poner siempre algo de resistencia. Resistencia que te hace bien, que te deja descansar. La almohada ideal siempre mantendrá la posición que sea necesaria, no la que uno quiera. Porque uno a veces no sabe lo que quiere, y es ahí donde la almohada debe ser firme y no cumplirnos el capricho. Debe saber que de otra forma no vas a descansar. Que si cede te puedes sentir bien por un tiempo, pero después te vas a despertar a cada momento, y aparte de sentirte todo el día malhumorado y miserable, por la mañana el cuello te va a doler. Y así estarás todo el día, volteando todo tu cuerpo a todos lados, rígido como tabla, porque tu cuello no puede girar. En esas condiciones no puedes reír, no puedes revolcarte en el suelo haciéndolo, no puedes echar la cabeza hacía atrás en una sana y sonora carcajada. No, la risa pura y espontanea se va con el dolor del cuello, porque en cuanto intenta surgir, ahí está la molestia física recordándote que no dormiste bien ayer. Por eso uno trata siempre de dormir bien, aunque el colchón y la almohada no quieran. Pero a veces cuesta. Y la única forma de dormir así es que te venza el sueño. El sueño siempre te vence, es muy fuerte. Es tan fuerte que nadie lo vence. El que intenta vencerlo se muere a los diez días de batallar con él, y se vuelve su prisionero eterno. Por eso en todas las culturas, en todos los tiempos, ha existido esa tortura, la de hacer que trates de vencer al sueño. Te echan agua, te hacen ruidos, te ponen luz, te clavan agujas en la piel, todo para que te pelees con él. Al que no habla, lo obligan a seguir peleando. El obligado tendrá visiones, sentirá dolor, todo le parecerá terrible y estrecho. Después de un tiempo, por un momento verá la claridad, las agujas dejarán de doler, el agua de molestar, el ruido será como si no existiera, y sonreirá, justo antes de sumergirse, vencido, en el sueño, el eterno, el de a de verás.
Por eso si uno no se quiere morir antes de tiempo debe darle un tributo razonable al sueño. Dejar que haga con uno lo que quiera. Porque el sueño es hermano de la muerte, una muerte pequeña como siempre se ha dicho, y permitir el despertar, que es una resurrección, pequeña también. Hay que pagarle tributo, dejando que nos muestre lo que quiere mostrarnos, dejándonos guiar. A veces lo que nos muestra parece del pasado, a veces del presente, y algunas otras hasta parece del futuro. Nadie lo sabe, pero hay que verlo. Puede ser lo que nos espere al final del túnel. Puede ser que nos muestre lo que su hermana nos depara. Y por eso no está mal sumergirnos en esa semimuerte, donde somos y no somos al mismo tiempo. Pero debemos sumergirnos poco, como asomados en un telón, solo el rostro, para atisbar, para reír, para llorar, para escapar. A veces el sueño te juega bromas pesadas, y hay que aguantar. También al sueño le gusta reír, de ti, sobre todo al ver tu cara aterrorizada porque pensabas que te pulverizabas al caer, o después de materializar un temor, dentro de tus ojos cerrados. Sí, es de cuidado el sueño también, puede jugar rudo. Te puede llevar a dónde no quieres, puede despertar fantasmas que suponías dejados atrás, puede darte miedo. Por eso, aunque no es garantía, uno debe tener un buen colchón y una buena almohada, de esos que son aliados y no enemigos del sueño. De esos que hacen que hasta los pendientes se arrullen, esos que te dicen que todo puede esperar a mañana. Y al compartirlo es igual, tendrás que entender que no puedes tener mi almohada, aunque te dejaré que ocupes casi todo el colchón, mas no de este lado. Y lo siento por los que no pueden procurárselos, está fuera de mis manos. Está fuera de mis manos a veces procurármelos a mí. Tan es así que debo escabullirme de esta cama extraña, de un momento a otro, en silencio, y espero lo comprendas. Porque, que me perdonen los poetas, necesito no pelear con el sueño, necesito ir a mi almohada, así como tú tienes la tuya. Porque quiero reír mañana igual o mejor contigo, para seguir siendo yo mismo, y que no pienses con tristeza que algo cambió.
@skyold
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