martes, 22 de mayo de 2012

MICROCUENTOS


Ese día la historia no se despertó. El profesor, de la Academía de Bellas Artes de Viena, pensó que Adolf merecía una oportunidad.

No sintió los colmillos hundirse en su carne. Volteó; y la encontró sonriente. El arco en sus manos. Estaba salvado, gracias a ella.

Jalaban el gran caballo de madera cuando escucharon un estornudo al interior. Trajeron las antorchas. Homero lloró, impotente.

Observó sus ojos negros, profundos como abismo, pero serenos. No tuvo dudas; El Espíritu la había elegido. Ella guiaría a su pueblo.

Qué suerte parecerse tanto a él, se dijo mientras le tomaban fotos. Pero tenerlo encerrado no era suficiente. Al volver, lo mataría.

La serpiente se alzó ante ella. Eva no dudó, tomó su cuchillo, y de un tajo le cortó la cabeza. El plan divino había fallado.

¿Cómo explicaría que había sido un dinosaurio?

Al ver el medallón roto y al dragón alejarse, no pudo contener el llanto. Era mejor así, lo sabía.

Insomnio se sentó junto a él como cada noche. Era el momento. La luz iluminó el filo del puñal. Estaba hecho; por fin podría dormir.

 “¿Últimas palabras?”, preguntó el General. Asintió. Tomó aire, miró desafiante las carabinas y nació su leyenda. “Fuego”, contestó.

Quiso gritar y solo le salió un aullido. Miró donde había estado el lago. Olfateo el aire. Nunca volvería a ser humano.

Tanto suplicó a los dioses, que le dejaron regresar a ese momento. Y esta vez, ante el acertijo de la Esfinge, guardó silencio.

El canto del ave le despertó; como siempre. Miró a su lado. Ella seguía ahí, con él. La abrazó. El ave cantó de nuevo; como siempre.

Al momento de saltar, comprendió que no lo lograría. Incumpliría su promesa. Se alegró de haber enviado la carta, y sonrió al vacío.

Se asomó por la ventana; llovía. Tendría que intentarlo en otra ocasión.

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